Hay ciudades que no solo se habitan, sino que se inmiscuyen en tus estructuras mentales. Quienes vivimos observando la conducta y midiendo los tiempos con la precisión de un engranaje a veces olvidamos que ciertos lugares tienen su propia gravidez. Llegas creyendo que el control es un escudo inquebrantable frente al caos, hasta que el ritmo pausado de las calles de Sevilla o una presencia inesperada disuelven la urgencia.
El microrrelato de hoy nace de esa extraña sensación de desmantelamiento íntimo. De cuando la prisa cede ante lo inevitable.
Hay algo que Sevilla te hace sin avisarte.
No sé si es la luz, que aquí siempre parece estar a punto de terminar aunque sean las cinco de la tarde. No sé si es el ritmo, que tiene una forma de convencerte de que no hay urgencia cuando en realidad hay mucha. No sé si es simplemente que esta ciudad está tan llena de historia acumulada que la tuya parece, comparada con eso, mucho más pequeña de lo que creías.
El caso es que llevo aquí suficiente tiempo como para notar que algo en mí se ha movido.
No lo que vine a mover. Otra cosa.
Ayer estuve más de una hora en una conversación que no tenía prevista con alguien que no estaba en mis planes. Y cuando volví a mi sitio y abrí el ordenador y vi todo lo que tenía pendiente, la primera palabra que pensé no fue urgente.
Fue mañana.
Eso no me había pasado en años.
No sé si asusta o si alivia. Supongo que las dos cosas a la vez es la respuesta más honesta.
El control se desvanece en Sevilla. Has llegado al límite de lo previsto. Si quieres descubrir quién es él, qué ocurrió en esa hora imprevista y leer el final de este encuentro, introduce tu correo abajo.
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