Vine a Sevilla a resolver una cosa. Una sola cosa, concreta, con principio y con final. Entrar, hacer lo que tenía que hacer, salir. Sin desvíos. Sin ruido.
Llevo aquí suficiente tiempo como para saber que Sevilla no funciona así. Esta ciudad tiene una forma de expandir el tiempo cuando no te conviene y de comprimirlo cuando más lo necesitas. Los días que quiero que pasen rápido se vuelven eternos. Y los momentos que querría guardar — ese último rato de luz sobre la catedral, el café que sabe diferente aquí que en ningún sitio, la conversación de anoche que no debería haber durado tanto — esos pasan en un segundo y ya no están.
Él me preguntó ayer qué me había traído aquí. Le dije la verdad, que es lo más peligroso que puedes hacer con alguien que te mira como él me mira. Le dije la verdad a medias, que es casi peor. Porque una media verdad le da a la otra persona exactamente suficiente para seguir preguntando.
Y yo no vine a Sevilla a que me siguieran preguntando. Vine a encontrar algo que alguien escondió muy bien. Lo que no calculé es que iba a ser tan difícil distinguir qué es lo que estoy buscando.


