Hay un reel que vi hace unos días y que no he podido quitarme de la cabeza. Julio, de @juliosinfiltro, hablaba de algo que muchas sabemos pero pocas nombramos directamente: la imposibilidad real de cumplir con todo lo que se le exige a una mujer hoy. Ser la mejor en el trabajo. Estar presente en la crianza. Mantener la casa. Hacer deporte. Estar disponible. Llevarlo todo bien y además parecer que no te cuesta. El resultado, decía, son mujeres sobrecargadas.
Me senté a verlo y pensé: sí. Exactamente eso.
Lo que no aparece en esa conversación
El reel de Julio hablaba de mujeres con hijos, con pareja, con trabajo. Esa combinación ya es de por sí una carga estructural enorme. Pero hay una versión de eso que todavía es más invisible: la de las mujeres que llevan esa carga solas o casi solas. Sin la red que se asume. Sin el reparto que se da por hecho. Con hijos que dependen de ti en todos los sentidos —emocional, económico, logístico— y con la vida profesional y creativa que tienes que seguir sosteniendo de todas formas porque no hay alternativa.
Yo soy madre de dos adolescentes. He llevado eso, en gran medida, sola. Y he seguido trabajando, creando contenido, yendo a eventos, escribiendo una novela en los ratos que sobran y que a veces no sobran.
No lo cuento para que parezca heroico. Lo cuento porque creo que hay mucha gente en esa misma posición que nunca lo ve nombrado. Y que cuando alguien lo nombra, algo se afloja.
Lo que el cuerpo sabe antes que la cabeza
El burnout no es solo agotamiento físico. Es agotamiento emocional, sensación de desconexión y aislamiento ante la acumulación de exigencias que superan los recursos propios para hacerles frente.
Lo particular del burnout en personas acostumbradas a rendir bien —y esta es la trampa más común— es que cuando empieza a instalarse, lo interpretan como un fallo de gestión. Me estoy organizando mal. Debería ser más disciplinada. Antes podía con esto.
Las demandas no son insostenibles porque las mujeres fallen en cumplirlas, sino porque están diseñadas para ser incompatibles con la realidad de una vida completa. Eso no es un problema de agenda. Es un problema de sistema. Y reconocer la diferencia es el primer paso para dejar de culparte por algo que no es un fallo tuyo.
Mi cuerpo lleva meses enviando señales. El nivel de ansiedad que cargo ahora mismo no es el de alguien que está bien y lo gestiona. Es el de alguien que ha ido demasiado lejos durante demasiado tiempo y que necesita parar de verdad, no reorganizarse.
Lo que sí funciona y lo que no alcanza
Creo en el deporte como herramienta. Es el único espacio donde el ruido mental se apaga de verdad durante un rato. No como castigo ni como obligación, sino como el único momento del día en que estoy completamente presente en algo físico y el resto se detiene.
Pero hay días en que incluso eso es demasiado. Días en que pedirle al cuerpo que además rinda físicamente es otra forma de no escucharlo. En esos días, la única respuesta honesta es parar. No optimizar. No reorganizar. Parar.
Por qué lo escribo
Lo escribo porque estamos en 2026 y seguimos sin hablar de esto con suficiente honestidad. Seguimos aplaudiendo la capacidad de aguantar como si fuera una virtud cuando muchas veces es simplemente la ausencia de red.
Si estás en ese lugar ahora mismo: no es un artículo con cinco pasos. Es solo alguien diciéndote que sí, que tiene sentido que estés agotada, que estoy cansada de ver como nos venden aplicaciones con la solución milagrosa para el cuerpo en alerta aprovechando la enfermedad del S XXI… Pero que tienes derecho a no encontrarte bien y que parar no es rendirse. Es, muchas veces, la única forma real de volver.


