Hay palabras que tienen peso propio. Cariño, corazón, linda, cielo, tesoro... Incluso, en mi caso personal, pitufo. Las uso. Pero las uso con personas concretas y en momentos muy específicos. Tienen que significar algo real cuando las pronuncio. No son una fórmula matemática ni un automatismo social; son el verdadero vocabulario de la intimidad.
Y la intimidad, para que funcione correctamente, necesita un requisito indispensable: ser escasa.
Ayer, mientras esperaba en la cola de la papelería de mi barrio, presencié una escena que me resultó insoportable y que activa un debate necesario sobre la psicología del lenguaje actual.
La señora del batiburrillo y la falsa amabilidad
La mujer que estaba delante de mí en la cola tenía aproximadamente trece tareas y ningún orden para comunicarlas. Quería imprimir, escanear, encuadernar, unas fotos en un tamaño que fue describiendo con coordenadas geográficas aproximadas:
“como de este tamaño, pero no tanto…”
Mientras la dependienta intentaba descifrar cada nueva instrucción con una paciencia infinita —que solo se explica por la necesidad económica—, la clienta intercalaba palabras afectuosas entre cada petición caótica:
Cariño, ¿me puedes hacer esto primero?
Ay, corazón, que se me olvidaba lo otro
Linda, ¿tú crees que así quedaría bien?
Sé que no había mala intención. Eso es, de hecho, lo más desconcertante del asunto. Ella creía genuinamente que estaba ejerciendo una comunicación asertiva y empática. Estaba convencida de que era amable.
Sin embargo, yo miraba fijamente a la dependienta. Ella no estaba recibiendo afecto ni validación. Estaba intentando procesar instrucciones contradictorias envueltas en una terminología íntima que no le correspondía. Lejos de facilitarle el trabajo, ese exceso de confianza añadía una capa insoportable de ruido a una situación laboral estresante.
La intimidad no se regala a desconocidos; se construye a través de la historia compartida.
El problema de fondo: la inflación del lenguaje afectivo
Las palabras íntimas funcionan en nuestras relaciones interpersonales precisamente porque son un bien escaso.
Cuando alguien a quien quiero me llama cariño, esa palabra transporta información real y valiosa: te conozco, te he elegido, tenemos un vínculo. Ese término tiene un respaldo.
Por el contrario, cuando un desconocido en un comercio me llama cariño, la palabra se vacía de contenido. Nos indica que esa persona confunde el léxico íntimo con las normas básicas de educación.
En economía existe un término perfecto para esto: inflación. Cuando algo circula en exceso en el mercado, pierde de inmediato su valor real.
El afecto verbal de esa clienta no vale lo mismo que el de alguien que se ha ganado tu confianza a lo largo de los años. Al usarlos con el mismo tono y la misma frecuencia para pedir un café, sellar un papel o saludar a un hijo, ambos extremos acaban pesando exactamente lo mismo. Es decir, prácticamente nada.
Hay algo que prefiero infinitamente antes que el cariño de un extraño: un buen “muchas gracias” y un “por favor” pronunciados con atención real. Eso sí comunica respeto. Eso sí demuestra que tienes presente que hay otro ser humano delante de ti, respetando su espacio y su dignidad.
El cariño sin una historia detrás es simple ruido emocional. No es peor que el silencio áspero, pero desde luego tampoco es mejor.
Una postura contracultural en la inteligencia emocional
Sé perfectamente que defender esta postura me convierte, a ojos de muchas personas, en alguien arisca o distante. Lo acepto con mucho gusto.
Prefiero ser percibida como una persona fría antes que contribuir a la devaluación del lenguaje. Prefiero que cuando le diga cariño a alguien en mi vida privada, esa persona tenga la total certeza de que no utilizo la misma palabra con el dependiente de la esquina.
Esta distinción no nace de la frialdad, sino del respeto absoluto a las palabras. En el estado actual de nuestra sociedad, proteger el significado de los términos afectivos es casi una posición contracultural.
Ahora es tu turno: ¿Eres de las personas que soportan el uso de estos términos por parte de desconocidos con estoicismo, o perteneces al grupo que ha dejado de responder por pura saturación? ¡Te leo en los comentarios!


