Este es uno de mis artículos con la honestidad más brutal.
Si emocionalmente eres sensible, no lo leas.
El golpe de la realidad en mitad de la vía
El 28 de octubre, la realidad nos ha dado un bofetón de frente, de esos que te dejan sin respiración y te recuerdan lo jodidamente frágil que es todo. La noticia del accidente de tren en la línea de Madrid a Sevilla, con esa cifra brutal de sesenta y ochos muertos que no deja de crecer en los informativos, te obliga a parar en seco. Un trayecto normal, un viaje cotidiano que cualquiera de nosotros ha hecho decenas de veces para volver a casa o ir a trabajar, se trunca en un segundo. Las portadas se llenan de urgencias, la confusión inunda las redacciones y te quedas mirando la pantalla con una sensación de absoluto vacío.
Cuando pasan estas cosas, te das cuenta de que la puñetera vida no entiende de agendas, de planes a largo plazo ni de calendarios corporativos. Un impacto en mitad de la vía limpia el mapa de golpe y te devuelve a la única verdad que manejamos los seres humanos: que estamos aquí de paso y que el suelo se puede abrir bajo tus pies cuando menos te lo esperas. Es doloroso, es caótico y es una cura de humildad para todos los que viven convencidos de que controlan el tiempo o de que tienen el derecho de racionar sus palabras para mañana. El tiempo no se guarda; se gasta. Y pensar lo contrario es el primer gran error que cometemos. Ahora solo queda dolor. El dolor de todas las personas que perdieron a alguien y todos sus planes en un abrir y cerrar de ojos.
Una llamada a tres mil kilómetros
Es imposible ver el dolor de esas familias en la televisión sin que se te revuelvan tus propios fantasmas. A mí, este miércoles gris me ha traído de vuelta, con una nitidez casi insoportable, el recuerdo de Celia. Celia fue una de mis mejores amigas y se mató en un accidente de coche mientras estaba en África. Perder a alguien a quien quieres a miles de kilómetros de distancia, de manera violenta y sin poder despedirte, es una experiencia que te cambia los cables por dentro para siempre. No hay un aviso. Te enteras de la forma más cruel: porque pasan los días, no sabes nada de ella, sus mensajes no llegan y, de repente, te comunican que la han encontrado muerta en un camino perdido.
Recuerdo perfectamente el shock de la noticia. Me llamó una de sus amigas de la infancia un 27 de octubre. Su voz al otro lado del teléfono era puro pánico. Mi mente se bloqueó tanto que no la creí. Sentí tanta rabia y tanta negación que le colgué el teléfono de golpe, enfadada con el mundo. Pasé la siguiente hora llamando a Celia un centenar de veces, escuchando el tono de espera en mitad de la nada, esperando que me cogiera el teléfono y se riera de todo aquello. Cuando la realidad se impuso, volví a marcar a aquella amiga de la infancia con las manos temblando. El dolor de esos días es inexplicable. Luego vino el protocolo de expatriación, un papeleo espantoso que por suerte fue rápido (aunque hasta un 9 de noviembre no pudimos enterrarla), pero la cicatriz se quedó grabada a fuego.
Celia y yo convivimos juntas muchísimos años. Pasamos toda la etapa universitaria compartiendo piso, risas, confidencias y amaneceres. Teníamos una complicidad tan pura que rompía cualquier molde. De hecho, fui yo quien le presentó al que luego fue su novio. Cuando terminaron la carrera y decidieron irse a vivir juntos, lo primero que hicieron fue buscar un piso en Sevilla con la única condición de ser vecinos míos, de tenernos cerca en el día a día. Por eso duele tanto recordar que nuestra última conversación en la tierra fue una discusión absurda.
Y aunque soy consciente de que ella sabía cuanto la quería, de aquel corte tan limpio y definitivo aprendí algo que aplico a diario: que nunca más colgaría el teléfono a nadie a quien quiera sin decirle un «te quiero» antes de colgar.
¿Imaginas levantarte un día queriendo decirle a alguien que la quieres y que ya esa persona no esté? ¿Imaginas no poder compartir todo lo que tenías guardado para hacer juntos solo porque esperabas el momento perfecto o porque querías dilatarlo en el tiempo? ¿Imaginas guardar lo que querías decir por miedo a la reacción de la otra persona? Ya sentí una vez ese vacío, por eso no soy orgullosa aunque admito que tengo amor propio. Quizás por eso para mí, las demostraciones de amor son tan importantes, los finales felices son necesarios y el tiempo es un valor preciado que me gusta compartir con aquellos que me importan.
Cincuenta y siete alarmas y un batido en Ochoa
Pero de ella no solo me quedó esa lección. Aprendí que hay personas que son auténticos ángeles en la tierra, seres humanos que vienen al mundo con la única función de enseñarnos el verdadero significado de las cosas. A Celia la palabra bondad se le quedaba ridículamente corta, aunque conviviéramos con sus pequeñas rarezas cotidianas. Todavía recuerdo la rabia que me daba escuchar sus cincuenta y siete alarmas programadas en el móvil antes de ser capaz de poner un solo pie fuera de la cama por las mañanas. El chocolate era su mayor tesoro en el mundo, coleccionaba tazas gigantes para el café (cosa que yo hago hoy en día) y su plan perfecto para arreglar cualquier tarde consistía en ir a Ochoa, sentarse tranquilamente a tomarse un batido y ponerle luz a cualquier día oscuro de Sevilla.
Es curioso como cuando perdemos a alguien recordamos las cosas pequeñas, las que parecen insignificantes o las que te parecían odiosas cuando las tenías en el día a día, pero por las que pagarías por volverlas a vivir.
Aquella pérdida me obligó a mirar de frente a la realidad con apenas 27 años. Ver cómo todos tus planes, tus objetivos, tus sueños, tus enfados absurdos y tus límites estrictos se quedan sepultados en un camino de tierra a miles de kilómetros te cambia la perspectiva por completo. Comprendí de golpe que la vida cambia en un abrir y cerrar de ojos y que guardarse las cosas por orgullo o por miedo es el mayor de los absurdos.
El absurdo de vivir con reservas
De aquella vivencia tan dolorosa extraje la conclusión que hoy guía mi literatura y mis pasos: prefiero equivocarme cincuenta millones de veces y vivir las cosas con el riesgo de romperme, antes que quedarme con la duda congelada en el pecho.
Contenernos porque creemos que podemos esperar, o porque pensamos que el mañana está garantizado, es una soberana estupidez. Estoy soberanamente harta de ver cómo la gente se autoimpone normas estrictas de comportamiento, cómo se encierra en pensamientos cerrados y cómo se rige por leyes de contención que no llevan a ninguna parte.
¿De qué sirve reservar ganas? ¿De qué sirve encerrarse en el orgullo de ver quién cede primero o quién es más fuerte manteniendo las distancias? No sirve de nada. Lo único que conseguimos con esa actitud perezosa es perder un tiempo precioso. Un tiempo que, como nos ha recordado el trágico tren de Sevilla de la mañana del 28 de octubre, realmente no sabemos si tenemos. Nos hemos vuelto egoístas, pensando en priorizar nuestros tiempos porque tenemos una vida por delante para elegir en qué momento estar.
Estoy harta de las apariencias y de las corazas que nos inventamos para no exponernos a la vulnerabilidad. Por eso cuando escribo ficción busco que uno de los personajes sea capaz de quemar la ciudad si hace falta para estar al lado de la persona a la que ama. Porque nunca sabemos de cuanto tiempo disponemos en este mundo al que pertenecemos. Y soy de las que prefiero vivir de cara a la realidad, con toda su imperfección y su desorden. Si luego las cosas salen mal y tenemos que volver a levantarnos, nos levantamos con la cabeza bien alta, pero habiendo apostado de verdad. Vivir metidos en una burbuja aislada por miedo a sufrir o por no dar el brazo a torcer es una forma cobarde de ver pasar los días.
La puñetera vida está ahí fuera, en los hechos materiales, en las llamadas de teléfono que se cogen a tiempo y en los abrazos de verdad. En besarnos más, en querernos más, en levantarte por las mañanas mirando a la persona a la que amas, en ser feliz con las pequeñas cosas del día a día sin sobrepensar (y confieso que a veces sobrepienso demasiado), en soñar con envejecer con esa persona que te cambió la vida y la puso patas arribas (aunque no sepas con certeza si llegarás a vieja). En odiar manías y amarlas a partes iguales. Quizás la felicidad no es más que eso aunque a veces creamos que todos los días tienen que ser un estímulo constante para ser feliz.
No merece la pena vivir la vida de puntillas alimentándonos de creencias absurdas, lo que realmente merece la pena es luchar por lo que de verdad te importa: tu familia, tus amigos, la persona a la que amas, aquello en lo que crees… Pero vibra, brilla… Dios tiene un plan para cada uno de nosotros y empeñarnos en controlarlo se antoja imposible. Mi amiga quería una vida con alguien, casarse y tener hijos… Lo único que cumplió es estar al lado de la persona que había elegido cuando murió. Y si alguien se empeña en quedarse enterrado en sus propias pantallas, es su elección, pero yo tengo claro que prefiero quemar las naves y elegir la presencia real antes de que el decorado se apague para siempre.


