Vamos a ser totalmente francas desde el primer sorbo de café: a todas nos encanta un buen drama, pero lo que de verdad nos termina ganando el corazón son los finales felices. Como escritora, disfruto muchísimo creando escenas que os hagan soñar despiertas, enredando la vida de los personajes con nudos tremendos y defendiendo a capa y espada esa necesidad tan nuestra de pensar que la vida, al final del día, siempre tiene un plan maravilloso preparado para nosotras. La literatura y el cine no sobreviven al paso de los años por casualidad; lo hacen porque tocan teclas muy reales de nuestro plano emocional.
Hace unos meses, en otro artículo del cuaderno, ya charlamos largo y tendido sobre por qué la serie Off Campus nos reventó el cerebro a todas. Y coincidíamos en que el éxito de esa historia no se debía simplemente a que Garrett Graham fuese un chico guapo con mandíbula de escultura. El verdadero fenómeno detrás de ese libro es que demuestra que, a día de hoy, siguen existiendo hombres capaces de entregar un amor sano, maduro y honesto, dispuestos a luchar de frente por lo que de verdad les importa. Nos gustan los relatos que dejan huella, y hoy me apetece que desnudemos esos mitos clásicos de mujer a mujer, sin filtros y con el corazón en las manos.
Eso sí, quedaos bajo aviso: hoy nos quitamos el Protocolo y abrimos el cuaderno de notas con total libertad, así que se vienen 'spoilers' generosos de todas esas tramas que nos revolucionaron las hormonas y el alma.
El valor de ser vista frente a la armadura de cristal
Empecemos por un clásico incontestable. ¿Qué tiene Pretty Woman que nos sigue atrapando por muchas veces que la pongan en la televisión? Y no, no es porque queramos ser prostitutas ni mucho menos, esa es la lectura rápida y aburrida. Lo que de verdad nos hace soñar a las mujeres es ver cómo un hombre que parece tener el mundo a sus pies, forrado de dinero pero congelado por dentro, se descubre completamente desarmado ante una mujer auténtica.
Lo bonito de esa historia, lo que nos revoluciona el pecho, es ver a un hombre que decide mandar toda su rigidez a la mierda porque se da cuenta de que ella es, de lejos, lo mejor que le ha pasado en la vida. Nos fascina verle tragarse el orgullo, subirse a una limusina y salir a buscarla con un ramo de flores, rompiendo sus propios muros para comportarse como el caballero de un cuento de princesas. Nos gusta creer en ese momento en el que el miedo se aparta para dejar paso a los hechos de verdad.
«Nos vuelve locas ver cómo un hombre que va de duro decide mandarlo todo a la mierda cuando se da cuenta de que vuestra luz es lo único que le da sentido a su vida.»
Y si le damos la vuelta a la tortilla, nos encontramos con Cincuenta sombras de Grey, que en el fondo es el mismo cuento pero al revés: aquí es ella quien lo salva a él. Nos presentan al típico hombre atormentado, un perfil puramente evitativo con un miedo atroz al compromiso y una fobia terrible a abrir su corazón, que esconde todas sus carencias detrás de la fachada de un impecable empresario de éxito. Un hombre que tiene todo lo que cualquiera podría soñar, excepto la capacidad de comprarla a ella.
Porque ella es una mujer con valores, de carne y hueso, que se mantiene fiel a su esencia y que sabe perfectamente dónde poner los límites. Es esa mujer espectacular capaz de marcharse amando con locura, simplemente porque no está dispuesta a perderse a sí misma por salvar a un náufrago que no quiere ser salvado. Y ahí es donde el hombre colapsa, porque se da cuenta de que hay cosas que su control simulado no puede retener.
Decisiones absurdas y huidas de piedra
Ese mismo patrón de hombre encerrado en su búnker lo vemos en Crepúsculo. Edward es el vivo retrato del personaje atormentado que, en su afán por ser perfecto y demostrar un amor inmenso, comete la tremenda estupidez de pensar que la mejor decisión es marcharse. Decide por los dos, mete sus cosas en una mochila metafórica y huye sin preguntar, convenciéndose a sí mismo en la distancia de que alejarse es lo mejor para ella.
Es una reacción tan típica de los hombres que se asustan cuando las cosas se ponen serias... Pero, por supuesto, lo maravilloso de la ficción es que nos permite aferrarnos a los finales felices y ver cómo ese muro de piedra termina cayendo por su propio peso cuando el vacío se vuelve insoportable.
Y hablando de vacíos que duelen, ¿qué me decís de Ghost? Es esa película que demuestra que cuando el amor es real, es tan sumamente poderoso que se sitúa por encima de cualquier barrera terrenal. No os puedo explicar la de veces que he llorado a moco tendido con esa escena final. El auténtico suspense de la ausencia no es desaparecer; es darte cuenta de que el eco de la otra persona sigue resonando en cada rincón de la casa, en tu vajilla de diario, y que su recuerdo pesa tanto que es imposible de borrar.
El orgullo que cae rendido
Esa resistencia a confesar lo que uno siente también es el alma de Grease. Danny Zuko es el clásico chulo de instituto que necesita mantener la pose ante sus colegas, demostrando al mundo que jamás caería rendido a los pies de una mujer. Juega al despiste, se pone la chupa de cuero y finge que no le importa nada para proteger su orgullo inmaduro. Pero el guion de la vida es maravilloso: el desapego y el brillo espectacular de ella acaban derribando su búnker, obligándole a dejar las tonterías y a confesar su absoluta dependencia.
El círculo se cierra con la elegancia de El guardaespaldas. Volvemos a encontrarnos con el hombre hermético, condicionado por los fantasmas del pasado, empeñado en mantener las distancias y en hacer "lo correcto" a través del aislamiento. Al otro lado, una mujer de éxito arrollador que parece tener el mundo en sus manos —los escenarios, los focos, el aplauso del público— pero que en el fondo necesita la presencia de un hombre valiente que dé la cara por ella.
El secreto de la intensidad eterna
Si hay un patrón que muchos pasan por alto en todas estas tramas es la fuerza de todas esas mujeres que parecen vulnerables, pero cuya cualidad se esconde detrás de cada personaje masculino. Todos y cada uno de ellos arrastran heridas profundas y parálisis rígidas que ellas consiguieron sanar, convirtiéndose en ese lugar seguro en el que ellos podían descansar descubriendo el amor de verdad. Ese es el verdadero secreto de la intensidad que hace que cada una de estas historias perdure para siempre en nuestra memoria.
Por qué como conté en el artículo sobre Culpables y Off Campus, «En estas historias estás viendo cómo alguien aprende a querer sin protegerse tanto. Y eso lo reconocemos todas en algún sitio.»
A veces, las películas y las novelas hacen sencillo lo que en el suelo del día a día parece un nudo imposible de desatar. Pero su verdadera función no es darnos una receta lineal; es hacernos soñar, recordarnos que somos capaces de brillar con luz propia y que una mujer auténtica jamás tiene que rebajar sus límites por miedo. La vida siempre tiene un plan, y lo bonito es sentarse a escribirlo bajo nuestra propia esencia. Al fin y al cabo, en la ficción como en la realidad, la verdadera magia solo se produce cuando un hombre es capaz de reunir el coraje necesario antes de que la distancia se vuelva irreversible.


