Hay una cosa que no he podido hacer en meses y que echo de menos con una intensidad que no esperaba.
Aburrirme.
No el aburrimiento de tener que esperar en una cola y sacar el móvil para llenarlo, ni el aburrimiento de una reunión que podría haber sido un email. El otro aburrimiento. El bueno. El que ocurre cuando no hay ningún estímulo disponible y el cerebro, sin nada mejor que hacer, empieza a generar cosas propias.
Lo que hemos hecho con el tiempo muerto
Hemos conseguido algo extraordinario y profundamente perturbador: eliminar el aburrimiento de nuestra vida cotidiana.
Tenemos el móvil para los semáforos, los podcasts para los trayectos, las series para las cenas, las stories para los minutos entre reuniones. Hemos llenado cada intersticio de tiempo con contenido. Con estimulación. Con algo que mirar, escuchar o procesar.
La pregunta que nadie hace: ¿a qué precio?
El cerebro humano no está diseñado para la estimulación constante. Está diseñado para alternar períodos de actividad con períodos de ausencia de estímulos. Es en esos períodos de ausencia donde ocurre algo que la neurociencia lleva años estudiando: la mente en modo de red por defecto. El estado en que el cerebro no procesa información externa sino que conecta ideas, consolida memorias, genera asociaciones inesperadas.
Seguramente esto lo explicaría mucho mejor mi amiga Carol, pero bueno, he hecho lo que he podido con mis pocos conocimientos en neurociencia. En lenguaje no científico: las mejores ideas que he tenido en mi vida me llegaron aburrida.
El aburrimiento productivo que nadie vende
Existe una industria enorme construida alrededor de la productividad. Apps de organización, métodos de gestión del tiempo, técnicas de concentración. Todo orientado a hacer más en menos tiempo.
Lo que ninguna app de productividad te enseña es a hacer menos. A quedarte sin hacer nada durante veinte minutos y aguantar la incomodidad que eso produce. Y sí, produce incomodidad. El aburrimiento moderno duele un poco. Hay una especie de ansiedad inicial cuando el teléfono no está en la mano y no hay nada que procesar. El cerebro pide estímulo como un reflejo condicionado.
Si aguantas esa incomodidad inicial —que suele durar entre cinco y diez minutos— ocurre algo interesante. El cerebro empieza a trabajar solo. Aparecen conexiones, ideas, recuerdos, preguntas... Cosas que llevas semanas sin pensar porque no has tenido espacio para pensarlas.
El verano como laboratorio
El verano es el único momento del año en que la mayoría de personas se permiten algún grado de aburrimiento estructural. Las vacaciones tienen eso: que por un momento el calendario deja de dictar cada hora.
Y no es casualidad que sea en verano cuando la gente lee más, cuando surgen proyectos que llevan meses aparcados, cuando se toman decisiones que durante el año resultan imposibles.
No es la playa. No es el descanso físico. Es el espacio mental que crea la ausencia de agenda. Yo lo noto en la escritura. Los mejores párrafos que he escrito no me llegaron delante del ordenador con el documento abierto. Me llegaron en la ducha, paseando sin destino, mirando el mar sin pensar en nada concreto o, incluso, ideando un libro completo durante los trayectos en bus al trabajo cuando me quedé sin coche.
El aburrimiento no es el enemigo de la creatividad. Es su condición necesaria.
El lujo que nadie puede comprarte
Puedes comprarte tiempo libre. Un viaje, un fin de semana, unas vacaciones. Pero no puedes comprarte la capacidad de hacer nada con ese tiempo sin sentirte culpable.
Eso es lo que se ha vuelto verdaderamente escaso: el permiso para no producir. Para no ser eficiente. Para existir durante un rato sin que ese rato genere nada medible.
En una cultura donde todo tiene que tener un resultado, donde el descanso se fotografía y se sube como contenido, donde incluso las vacaciones se gestionan como proyectos, el aburrimiento auténtico se ha convertido en el lujo más difícil de conseguir. No porque cueste dinero. Porque requiere algo más difícil: soltar el control.
¿Cuándo fue la última vez que os aburriste de verdad? ¿Qué pasó después?


