Hay algo que tengo que aclarar antes de empezar. Cuando escribo sobre los códigos sevillanos, sobre el protocolo como mordaza psicológica, sobre las familias que sonríen mientras entierran sus secretos bajo las alfombras de los palacios, no lo hago desde la distancia cómoda de quien lo observa desde fuera. Lo escribo desde dentro.
Soy parte de esos apellidos compuestos. He estado en esas cenas de gala. He sostenido la copa con una mano mientras con la otra intentaba que no se notara la tensión acumulada detrás de la sonrisa correcta y he aprendido desde niña las reglas no escritas de un mundo donde las apariencias no son una elección estética, son una obligación moral. Y de ahí, que conozca las reglas que obligan a esconderlos.
El apellido que abre puertas y el apellido que pesa
Crecer con un apellido que significa algo en Sevilla tiene dos caras que nadie te explica. La primera abre puertas antes de que hayas movido un dedo para merecerlo. La segunda, y esta es la que más tarda en entenderse, es que también pesa.
Hay expectativas adheridas al apellido que no has elegido pero que se convierten en tu responsabilidad. Como por ejemplo que haya una versión de ti que se espera antes de que puedas ofrecer la tuya. He sentido durante años que tenía que demostrar que era yo antes de poder ser reconocida por lo que construía. El apellido ayudaba, sí, pero que si lo era todo, no era nada. Mi verdadera batalla interior siempre fue la necesidad de ganarme el nombre propio. Esa tensión eléctrica entre la herencia recibida y la identidad conquistada es el origen real de todo lo que escribo.
La claustrofobia elegante
Mantener las formas en ciertos entornos de Sevilla es un trabajo a jornada completa. Suena implacable, pero es la realidad.
El matrimonio debe parecer idílico, los hijos deben encajar en el molde previsto y el pasado debe permanecer convenientemente enterrado. Y como colofón, el juicio ajeno, el murmullo en los palcos, el corrillo después de la cena, funciona como el mecanismo de control más eficaz que existe. No necesita policías. Se autogestiona mediante el aislamiento.
He estado en esas salas. Lo que vi no fue glamour. Fue una forma muy específica de miedo. El pánico a que una costura se rompa en público. El terror a que alguien vea lo que hay detrás de la fachada impecable… Un miedo tan integrado en el ADN colectivizado que muchas personas ni siquiera lo identifican como tal, simplemente lo llaman “mantener el tipo”.
Para una escritora, eso es material narrativo de primer nivel. Y es el único tipo de literatura que puedo escribir de forma completamente honesta: el que conozco desde dentro.
Por qué elegí el suspense y no el silencio
Podría haber elegido el camino cómodo. Podría haber mantenido las formas, haber protegido el relato idílico de la herencia y haber usado mis códigos para pertenecer mejor al club. Elegí dinamitarlo.
En Sola hablé desde la no-ficción sobre lo que cuesta romper con las expectativas que el entorno familiar y social tiene sobre ti. Fue honesto y fue liberador. Y me enseñó algo que no esperaba: que la honestidad, cuando se aplica al mundo que uno conoce mejor, se convierte en literatura. Imagino que en algunos corrillos habrá dado para tardes de entretenimiento…
El salto a la ficción de suspense fue consecuencia directa de eso. No usé el conocimiento de los códigos para protegerlos, los usé para hacer exactamente lo contrario. Para dinamitar el decorado desde dentro, para construir personajes que se mueven en ese filo exacto: manejan el cotarro, visten las mejores marcas, conocen todas las reglas al milímetro y, sin embargo, guardan secretos que las reglas ya no pueden contener.
El suspense psicológico no necesita callejones oscuros. Le basta con un salón señorial donde dos personas se sonríen mientras la tensión entre ellas es insostenible. Las peores tormentas siempre se cuecen vistiendo de etiqueta.
He crecido en entornos de sociedad y conservo mis amigas de siempre, las de toda la vida, las que no pertenecen a ningún círculo social específico y que me han acompañado exactamente igual. Esa doble pertenencia, a dos mundos muy distintos, es lo que me da la perspectiva para escribir sobre los dos sin romantizar ninguno. No soy famosa por pertenecer a una familia con historia. Eso es un contexto, no un mérito.
Soy escritora porque decidí que el conocimiento de esos mundos no iba a quedarse guardado en un cajón familiar, sino que iba a convertirse en ficción viva. Porque las mejores historias casi nunca son las que se exponen en las vitrinas.
Y porque el apellido ayuda. Pero la novela la escribí yo.
¿Habéis sentido alguna vez esa tensión entre la herencia que recibís y la identidad que intentáis construir? Me interesa muchísimo saber si este peso de las expectativas resuena también fuera de los muros de Sevilla. Os leo en los comentarios.
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