Nunca creyó en las casualidades.
Le enseñaron a observar, a no fiarse, a entender que todo lo que ocurre tiene una causa, aunque no siempre sea evidente.
Por eso le inquietó tanto no saber explicar por qué pensó en ella antes incluso de conocerla.
No tenía rostro. No tenía nombre
Solo una sensación incómoda, como cuando sabes que algo va a romperse y llegas tarde para evitarlo.
Hay historias que empiezan así: sin permiso, sin aviso, sin marcha atrás.
Y aunque nadie lo admita, casi siempre sabemos como van a terminar.


