Tengo una regla: no hacer preguntas cuya respuesta pueda cambiarte algo. La aprendí tarde. Demasiado tarde, si soy honesta. Pero la aprendí.
Sevilla es una ciudad que hace preguntas constantemente. Te las hace la luz cuando doblas una esquina y de repente el sol lo toca todo de una forma que no esperabas. Te las hace el silencio de las tres de la tarde, cuando la ciudad entera parece haberse detenido y tú sigues moviéndote y te preguntas si eso te convierte en alguien que no encaja aquí o en alguien que no encaja en ningún sitio.
Él me hizo una pregunta anoche que no voy a repetir.
No porque no quiera. Sino porque si la escribo, se vuelve real. Y si se vuelve real, tengo que hacer algo con ella. Y yo vine a Sevilla a no tener que hacer nada con nada de lo que dejé atrás.
El problema es que él no parece ser de lo que dejé atrás. El problema es que él parece ser de lo que está por venir. Y eso, para alguien como yo, es exactamente lo más peligroso.


