Acabo de descubrir que soy otrovertida y ahora tengo que procesarlo
En la era de las etiquetas, me han puesto una nueva. Y esta vez, por primera vez me queda bien
Llevaba años sin encajar bien en ninguna de las dos cajas.
La extrovertida: demasiado. No necesito estar rodeada de gente constantemente, no recargo energía con el ruido, hay noches en que prefiero el silencio absoluto a cualquier plan.
La introvertida: tampoco. Me encanta la gente. Me encanta una buena conversación que se alarga. Me encanta un evento cuando el ambiente funciona y las personas son interesantes.
Entonces llegó alguien y me dijo: eres otrovertida. Y algo encajó.
Qué es exactamente esto
El término otrovertida —también llamada ambivertida en algunos contextos— describe a las personas que no son ni claramente introvertidas ni claramente extrovertidas, sino que se mueven entre ambos estados según el contexto, la energía disponible y las personas con las que están.
No es una posición intermedia. Es una posición propia.
La diferencia importa porque la persona ambivertida no es alguien que no sabe bien cómo es. Es alguien cuya forma de relacionarse con el mundo es genuinamente más compleja que las dos categorías que nos han enseñado a usar.
Recargo energía sola. Pero también recargo energía con ciertas personas. Me agota el ruido social vacío. Pero me alimenta una conversación real a las doce de la noche con alguien que dice cosas que no había pensado antes.
Eso no es contradicción. Es rango.
La trampa de las etiquetas en 2026
Vivimos en el momento de mayor proliferación de etiquetas psicológicas de la historia. Introvertida, extrovertida, ambivertida, altamente sensible, neurodivergente, apego ansioso, apego evitativo. La lista crece cada semana con nuevos términos que circulan en redes con la velocidad de una tendencia de moda.
Y hay algo liberador en eso. Que exista un nombre para lo que sientes puede hacer que te sientas menos rara, menos sola, más comprendida.
Pero hay también un riesgo: el de quedarte dentro de la etiqueta en lugar de usarla como herramienta. El de explicarte con ella en lugar de conocerte a través de ella.
Yo soy otrovertida. Y eso me ayuda a entender por qué ciertas situaciones me drenan y otras me cargan. Pero no me define completamente. Ninguna etiqueta debería.
Lo que esto tiene que ver con escribir
Hay algo en ser otrovertida que explica perfectamente por qué escribo.
Necesito el mundo para tener cosas que contar. Necesito las conversaciones, los eventos, las personas, el ruido. Sin eso no hay material. No hay observación. No hay historia.
Pero necesito el silencio para procesarlo todo. Para convertir la observación en escritura. Para dejar que lo que viví en el exterior se asiente en el interior y encuentre su forma.
Sin el mundo, no hay nada que escribir. Sin el silencio, no hay forma de escribirlo. Otrovertida. Por fin una etiqueta que me queda.


