Llevo años aprendiendo a leer lo que no se dice.
En esta ciudad, lo que no se dice pesa más que cualquier otra cosa. Pesa en el silencio entre dos personas en una mesa de bar. En la forma en que alguien mira hacia otro lado exactamente cuando debería mirar hacia ti. En el espacio que dejan entre ellos dos personas que se conocen demasiado bien o no lo suficiente — nunca sabes cuál de las dos.
Ella no me dijo su nombre la primera vez. Me lo dejó en algún sitio, entre una pregunta que hizo y la pausa antes de que yo respondiera. Como si probar si yo lo recogería.
Lo recogí. No debería haberlo recogido.
Hay cosas en Sevilla que aprendo a no tocar. Esta ciudad tiene una forma de convertir lo que parece pequeño en algo que no puedes deshacer. Un callejón que termina en otro callejón. Una puerta que lleva a un patio que lleva a otra puerta. Nada acaba donde crees que va a acabar.
Ella tampoco.


