Escribo ficción para tener el derecho a destrozar el decorado
Vivimos asfixiados por la tiranía de la perfección y el orden.
La perfección es una de las mayores estafas de nuestro tiempo, pero nos la tragamos con patatas todos los días. Vivimos en una sociedad, especialmente en esferas tradicionales e influyentes, donde la exigencia de mantener las formas es casi una condena. Todo tiene que estar en su sitio: el pelo, la sonrisa, el estatus, el apellido compuesto y el matrimonio de escaparate. Hay que ser impecables, eficientes y, sobre todo, predecibles. El orden es la religión oficial y salirse del guion se paga con el aislamiento o el murmullo a tus espaldas. Es una presión sutil, una claustrofobia elegante que te va minando por dentro mientras por fuera sostienes el tipo con una copa de vino en la mano.
El precio oculto de mantener la fachada social
Yo sé lo que es eso. Lo sé por mi trayectoria en el marketing, por mi trabajo asesorando marcas de moda y por haberme movido en entornos donde la fachada lo es todo. Por eso escribo ficción. Porque la literatura es mi zona de anarquía, el único espacio donde tengo el derecho absoluto a coger ese decorado perfecto que tanto nos asfixia y reventarlo contra el suelo.
Por qué elijo el caos en el suspense psicológico
Escribir ficción es, por encima de todo, un ejercicio de libertad salvaje. Es el único lugar donde me permito desatar el caos. Me divierte coger a personajes que lo tienen todo bajo control —vidas idílicas, armaduras de alta costura, reputaciones blindadas— y empujarlos al abismo. Me gusta meterlos en callejones que parecen no tener salida, asfixiarlos con sus propios secretos y llevar la tensión psicológica tan al límite que el lector piense: «De esta no se salvan, aquí ya no hay nada que hacer». Disfruto rompiendo el orden artificial del mundo real para demostrar lo frágiles que somos cuando las apariencias ya no bastan para tapar las grietas.
Mi declaración de intenciones: una narrativa romántica sin filtros ni cursilerías
Aquí viene mi verdadero acto de rebeldía, y que no se confunda con romanticismo barato o finales edulcorados. Adoro y odio lo cursi a partes iguales. No creo en los príncipes azules ni en las soluciones mágicas que caen del cielo. Pero sí creo, de forma casi visceral, en las decisiones humanas.
En la vida real, el orgullo y el ego suelen ganar la partida; la gente prefiere hundirse con el barco antes que admitir una debilidad o pedir disculpas. Pero en mis novelas, yo tengo el poder de decidir. Y decido que, justo en el borde del precipicio, cuando todo parece perdido y el suspense ha llegado a su punto de no retorno, un giro inesperado lo cambie todo en un abrir y cerrar de ojos. No por milagro, sino porque alguien decide bajarse del pedestal.
El verdadero poder del perdón frente al orgullo
Elegir que las cosas salgan bien no es debilidad; es el mayor acto de fuerza que existe. Hacer que un personaje deje el orgullo atrás, que elija el perdón o que se atreva a amar sin la armadura puesta, es romper las leyes de la gravedad social. En mi nueva novela de ficción contemporánea, el suspense y el peligro son reales, crudos y asfixiantes. Pero la luz también lo es. Llevo a mis personajes al infierno de sus propias mentiras para obligarles a mirar de frente lo único que importa: la verdad desnuda. Escribo suspense porque me apasiona el caos, pero decido que gana porque, al fin y al cabo, soy yo la que tiene el bolígrafo en la mano. Y en mi universo, las apariencias caen, pero las personas se salvan.


