Ella aprendió a no contar su historia
Algunos secretos no se esconden. Se convierten en presencia.

Ella no hablaba de su pasado. No porque doliera. Sino porque explicarlo lo haría real.
En Sevilla aprendió a observar desde la distancia. a estar sin estar. A sonreír sin entregarse.
La gente empezó a mirarla como se mira lo que no se entiende:
con curiosidad, con deseo, con una pregunta que nadie se atrevía a hacer en voz alta.
Algunos creían conocerla. Otros pensaban que era inalcanzable. Ninguno sabía quién era de verdad.
Porque hay secretos que no se esconden.
Se visten. Se caminan. Se convierten en leyenda.
Y ella sin pretenderlo, empezaba a serlo.

